Gozo pleno

Gozo pleno

El gozo de Juan Sumergidor es pleno porque Aquel que Sana y Salva ha iniciado públicamente su misión, la misión de inspirar a la humanidad al cambio de vida, a la mutación de los pensamientos, a la metànoia del diálogo interior. El gozo de Juan es pleno porque para la humanidad en Jesús ha llegado el momento de hacer posible la virada radical con respecto a un sistema de pensamiento y de vida que en los milenios no ha llevado al hombre que tristeza, esclavitud, opresión, dolor, miedo y muerte. Pero, ¿cómo responde el mundo a la propuesta de Jesús de cambiar la manera de pensar para cambiar la propia vida y encaminarse hacia una espléndida evolución? Responde discutiendo, discutiendo, discutiendo. Discuten los discípulos de Juan Sumergidor con los judíos observantes sobre cuál sea el bautismo más ortodoxo y legítimo, si aquello de Juan o aquello de Jesús. Discuten Herodes y los jefes de los sacerdotes del templo de Jerusalén cuando llegan los Magos desde el oriente en búsqueda de Jesús recién nacido. Discuten los escribas, los fariseos, las jefes de pueblo y los jefes de los sacerdotes sobre cada palabra que Jesús ha proferido, sobre cada gesto o sanación que él ha realizado. Discuten de Jesús sus enemigos, los adversarios hostiles pero también los discípulos amigos suyos. Se discute de Jesús en las calles, en las plazas, en los tribunales cuando lo han apresado y acusado, debajo de la cruz mientras está para morir asesinado.
Jesús, el Hijo de Dios, propone a la humanidad la vía de la salvación y de la sanación y el hombre discute, argumenta, contesta, confuta, polemiza, debate, cuestiona, analiza, critica, evalúa, sin hacer un sólo paso hacia la mutación, hacia la metànoia. Las únicas personas que, encontrando a Jesús, aceptan de inmediato y de inmediato viven su propuesta son aquellas que luego sanan de las enfermedades, de las dolencias, de las desarmonías de todo tipo, son aquellas que cambian su manera de pensar y su vida, que se vuelven felices y libres y no discuten. Quien en la vida discute, argumenta, disputa no quiere cambiar absolutamente nada de sí mismo y de la vida, y no cambiará nunca. Delante de Jesús, delante de la vida, de las inspiraciones del Espíritu o se toma o se deja, o se experimenta o se deja, pero no hay que discutir.
El texto del evangelio explica este procedimiento de manera maravillosa y potente, a través de las palabras de Juan: Nadie puede tomarse algo si no le ha sido dado del cielo, como decir que nada ocurre por casualidad, que nadie puede tomar de la vida algo que no se le ha dado del cielo, y cuando algo llega del cielo o se toma o se deja, discutir sobre y alrededor de eso es satánico, perverso, envileciente, inútil. Esto vale sobre todo para Jesús. Quienquiera ha discutido y discute demasiado sobre Jesús y acerca de Jesús enloquece, se vacía, se pierde, se enceguece por sí mismo. Jesús ofrece la mutación del diálogo interior según los procedimientos explicados en el evangelio: o se toma o se deja, no hay nada para discutir. Jesús inspira el hombre a perdonar siempre, como una elección     decisiva del corazón. O se toma o se deja. Jesús inspira al hombre a no dar de comer al propio espíritu apegos, posesión, avidez, sino a alimentarse de gratitud y gratuidad, para ser feliz. O se toma o se deja. Discutir es un signo que ya se decidido dejar. Juan Sumergidor afirma: ahora esto es mi gozo pleno, ¿por qué? Porque el Sumergidor no discute, no argumenta, no polemiza, no disputa, no trata, no examina, no diserta, no considera, sólo hace, ejecuta, con amor y potencia, las indicaciones de su Señor y amigo.