Logos 25 DIC 2

Logos

Se traduce con palabra, pero en verdad el término griego logos lleva en sí una vastedad de significados que difícilmente pueden estar encerrados en el término palabra. En el mundo hebreo logos encuentra su correspondencia en el término davàr, “palabra-realidad”, cargado de fuerza vital, dinamicidad y movimiento. En la Palabra divina la palabra y la realidad coinciden siempre y perfectamente y, en este sentido, la Palabra es Verdad, siempre. La Palabra divina es realidad capaz de dar vida. Logos de la raíz leg- tiene el significado fundamental de “recoger, reunir, dar un orden, hacer manifiesto, revelar, unir”. En sentido evangélico, Juan ha identificado a Jesús con el término Logos, porque Logos expresa no sólo la Palabra del Dios viviente, sino también su íntimo y profundísimo diálogo interior, su personalísimo pensar y proyectar. Logos es el íntimo, inconocible, inalcanzable, corazón pensante y amante de Dios. Decir Logos es decir el corazón del Uno y del todo, el corazón del corazón de Dios. Toda la vida, en todos los multiversos visibles e invisibles, ha brotado de una única, sola, suavísima centella de sonido y luz del Logos, que después se ha subdividido mano a mano, y no para dividirse sino para multiplicar los nudos de la vida. De nudo en nudo se ha extendido armoniosa y amorosamente en cada realidad viviente y en cada cosa, como una red de vibraciones y de luz de amor, hasta construir el tapete ilimitado, es decir, el tapete de la vida. Cuando una persona mira una estrella lejísima, con los ojos ve una estrella, pero si los ojos estuvieran sumergidos en la fuerza del conocimiento, deberían ver una centella de Dios en forma de estrella, perfectamente conectada a través de la red infinita de la vida a la primera centella generadora del Logos. Igualmente cuando se mira una mano, un árbol, una cascada o un halcón. El ojo mental no logra ver y disfrutar la conexión, pero la vida es un tapete de infinitos e incalculables nudos de luz todos amarrados entre ellos y unidos al nudo inicial de aquella centella de sonido y luz que el Logos ha pronunciado.
De la misma manera en la cual todo de aquello que ha sido creado proviene del Logos, del diálogo íntimo y amante de Dios, así todo y cada cosa es mantenida indefectiblemente unida y reunida por el Logos, para que todo se mueva y crezca en la luz y un día sea conducido nuevamente a Dios, al corazón del corazón de Dios. Jesús es la encarnación humana del Logos de Dios. Jesús es aquel del cual todo ha salido en nombre de Dios, aquel por el cual todo está unido por voluntad de Dios, aquel por el cual todo es reunido y conducido nuevamente a Dios, por misericordia de Dios. En cada célula, átomo y fibra de nuestro ser brilla y vibra el sonido y la luz del Logos, y todo en nosotros vive únicamente por la gracia y la potencia transmitidas cada instante por el Logos. Entonces, ¿Qué puede haber de más indispensable y maravilloso para todo nuestro ser pneumopsicosomático que quedarse cerca de las frecuencias vitales y revitalizantes del Logos, para recargarse de energía vital y de belleza divina? Quizás la humanidad no ha comenzado aún a entender la potencia del inmenso regalo que Jesús nos ha hecho, esto es, el poder leer y escuchar cada vez que lo deseemos, su Palabra, su evangelio. Es una ocasión estupenda y ventajosísima para poder acercar todo nuestro ser a las vibraciones del Logos, hasta sumergirnos en las mismas vibraciones de las cuales hemos nacido y de las cuales estamos hechos. En verdad no deberíamos leer y escuchar el evangelio para lograr entrar en el texto y tratar de entenderlo, sino para que la Palabra entre en nosotros. Nosotros nos acercamos a la Palabra, pero en realidad es la frecuencia vital y regeneradora que entra en nuestros circuitos mentales y espirituales, para que así las vibraciones divinas se sustituyan a aquellas malsanas y venenosas de nuestros pensamientos humanos. No sólo nuestro espíritu sino todas las moléculas de nuestro ser se inebrian de alegría y potencia cuando pueden escuchar la Palabra, la vibración del Logos en la Palabra del evangelio.
Hay otra modalidad con la cual podemos sumergirnos en las frecuencias del Logos y dejar que entren en nosotros con su benéfico influjo sanador: es el don inconmensurable de la Eucaristía, la presencia real del Logos en el pan y en el vino de la cena santa.
Hay aun una tercera manera para acercarnos y hacernos compenetrar de sus vibraciones divinas y amantes y pasa misteriosamente por los pies. El Logos de Dios, Jesús, el Hijo del Padre, ha dejado esta tierra dejándonos un don que es un golpe de genio absoluto, posible sólo a su majestuosa fantasía divina: el lavatorio de los pies. Jesús nos ha dejado y enseñado el lavatorio de los pies como una de las maneras más sublimes para nutrirnos, alimentarnos de sus vibraciones divinas intercambiándonos los unos con los otros la fuerza y la gracia del amor partiendo por los pies. Los pies son la parte del cuerpo que más se ensucia porque está siempre en contacto con el polvo, el fango, las impurezas, los apegos de la tierra. Los pies representan aquello que somos. Representan exactamente como somos, empolvados de las preocupaciones y de las embriaguezes terrenales, sudados por el ansia de rendimiento y de demostración, sucios por el fango de la corrupción, de la injusticia, del rencor y de la rabia, duramente abollados y heridos por los golpes dados y recibidos. Los pies son también el punto más lejano a la cabeza, lejano de los pensamientos, de las convenciones, de las convicciones, de las opiniones. Lavar los pies significa encontrar al hombre y amarlo por lo que es sin la intermediación de la mente y de su sistema de pensamiento. El lavatorio de los pies es una suma totalizadora del amor y de sus formas más sublimes. El lavatorio significa acogida humilde del otro así como es y no como quisiéramos que sea. El lavatorio es servicio humilde, grato, atento, gratuito. El lavatorio es comprensión de la suciedad que hay en cada uno y no hay nada mejor que lava la suciedad del hombre que la comprensión y que la misericordia. El lavatorio es el perdón ofrecido y pedido, es cuidar al hombre, es compartición.
Un día no lejano no habrá enfermedad que no podrá ser sanada con una santa cena y un santo lavatorio de los pies. La humanidad no ha entendido aún que el amor es el medio, el único real medio de transmisión de las vibraciones de Dios. No hay nada en el mundo que transmite Dios y sus salvadoras y sanadoras vibraciones como el amor, el amor como nos lo enseña el Logos, no como lo enseñan los adiestramientos y las convicciones humanas.
Anunciado por las estrellas, en la cuna de Belén, acurrucado entre fajas y heno, nos viene a visitar el Logos de Dios, su maravillosa y fascinante encarnación. Bendito, bendito, bendito Jesús-Logos niño.