Domingo 3 Febrero 2019

Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Palabra del día
Evangelio de Lucas 4,21-30

 Profecía arrojada

Cuando se cumple una profecía, cuando se realiza lo que Dios había prometido y dicho, no ocurre nunca come el hombre se lo espera, es obvio.

El Señor escucha y provee siempre cuando el hombre le pide ayuda por cualquier problema, pero no siempre con soluciones y ayuda que el hombre puede prever. Nosotros vemos sólo hasta la punta de nuestra nariz y con la niebla en los ojos la mayoría de las veces. Sólo el Señor ve y sabe todo y cada cosa, y sobre todo él si que desea realmente nuestro bien. Cuando Dios realiza nuestros sueños no lo hace como nosotros lo haríamos, sino de manera absolutamente espléndida, imprevista, amable y muy, muy eficaz.
Con el don del Hijo Jesús a la humanidad, Dios Padre ha realizado el corazón de su proyecto y de su profecía, ha respondido a todos los sueños y deseos de liberación y de salvación de todos los hombres y de todos los tiempos, pero no como nosotros lo esperábamos o podíamos prever. He aquí porque en nuestra terrible y piadosa arrogancia y seguridad hemos tomado a Jesús y lo hemos matado y echado lejos de nuestra historia como a un delincuente. Así la profecía de la salvación pro-(e)yectada de parte de Dios para los hombres en Jesús, es sistemáticamente arrojada lejos por los hombres, por los precipicios sobre los cuales están puestas nuestras ciudades. He aquí porque la humanidad continua a hacerse engañar y volverse esclava de mesías improvisados e ineficaces, de grotescos magos y salvadores, que en su patética presunción de ser los salvadores de alguien corresponden pero más cómodamente a las expectativas y a los sueños de la gente. Arrojado Jesús por el precipicio de nuestras ciudades, estos diligentes salvadores de la humanidad están listos, es más, listísimos, para ganar millones con talismanes y recetas metamisticocabalisticas, para salvar y para redimir la humanidad ignorante y floja de la desesperación y del miedo, de la pobreza, de la enfermedad y de los amores equivocados. Ávidos engañadores devorarán los míseros engañados hasta vomitar sus almas.
El hombre que no cree en Dios verdaderamente no es por cierto aquel que cree en nada, el hombre que no tiene fe en realidad cree a todo. Es un espectáculo que quita el aliento.
La Profecía se ha cumplido, pero no como el hombre se esperaba. Si el hombre no acoge humildemente los diseños de Dios, verá reinar soberana sobre sí, y sobre todo lo que toca y ama, la locura y la violencia, hasta la destrucción. Está en juego nuestra historia. Si arrojamos a Él del precipicio, ¿a quién haremos entrar en nuestras ciudades?
Y el precipicio del cual arrojamos la Vía, ¿no es acaso el precipicio donde hemos construido nuestra ciudad humana? Y este precipicio después de habernos engañado como roca de defensa, ¿cuándo es que nos mostrará su verdadero rostro y nos engullirá en el abismo?
¿Posible que a nadie venga la duda que en el instante en el cual arrojamos al precipicio la realización de la Profecía hecha carne, Jesús, arrojamos al precipicio nuestras ciudades, todo verdadero progreso, la sapiencia, la belleza, la salud del alma y del cuerpo, la paz, la justicia, la vía, la verdad, la vida misma?
Si Jesús es realmente el Hijo de Dios, ¿qué continuamos a arrojar al abismo junto a él? ¿Qué es que en nuestra terrible presunción estamos literalmente arrojando junto a Jesús? Después de haber arrojado la Vía en el precipicio, ¿pensamos realmente que nuestra sociedad pueda llegar a construir caminos políticos y culturales dignos del hombre, caminos, vías comunicativas y conductuales respetuosas de la persona humana, de la naturaleza, de la creación?
Arrojada por el precipicio a manos llenas la Verdad, ¿cuál es el delirio de omnipotencia que puede hacer nacer en un cerebro aun sólo la idea que alguna forma de verdad y sapiencia puedan guiar nuestra ciencia, la investigación medica, la economía, el mundo del trabajo, las comunicaciones sociales, la diversión, la escuela, las relaciones afectivas?
¿Cuál forma viral nos ha golpeado, degenerando a tal punto nuestros circuitos mentales más elementales, que se pueda sólo imaginar que arrojada por el precipicio de nuestras ciudades la Vida misma, nuestra vida pueda aun sólo en algún momento acercarse a tiempos de alegría, serenidad, protección y bienestar? Arrojada la Vida al abismo, ¿cuál vida será jamás defendida? ¿La tuya? ¿La suya? ¿La nuestra?