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Miércoles 6 Febrero 2019

Cuarta semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Marcos 6,1-6

Libertar al Libertador

Nosotros intuimos claramente que la Palabra de Jesús despierta adentro profundas realidades de luz.
Lo intuimos todos, amigos o enemigos de Jesús. Lo intuyeron sus paisanos que se rieron de él, Judas que lo traicionó, Pilatos que lo condenó, los sacerdotes del templo que lo hicieron matar. Lo intuyeron sus apóstoles que, a duras penas, pero salieron del miedo en el día de Pentecostés y se volvieron en testigos luminosos y felices.
Jesús despierta el deseo de libertarse de mecanismos, miedos, falsedades decenales, para redescubrir la verdad de nuestro ser ante el Padre y ante los hombres.
La Palabra de Jesús nos empuja a ir hacia el corazón de nuestra persona, al centro de nuestras intenciones, de nuestros verdaderos deseos, de nuestro decidir. Jesús nos incita a ser verdaderos con nosotros mismos, para poder serlo con los otros y con la vida.
Esto es incómodo, nos pone en crisis, peor, nos espanta, nos espanta a muerte.
Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. se escandalizaban de él. Jesús nos espanta. Reconocemos su belleza libertadora y al mismo tiempo no querríamos saber nada más de él.
Es al mismo tiempo extraño y terrible. Tenemos como miedo de libertar al libertador Jesús en nuestro corazón, lo tenemos atado. Deseamos que esté presente en nosotros, pero al mismo tiempo lo tenemos crucificado, enclavado, bloqueado. Tenemos temor de dejarlo libre, libre de correr en nuestro espíritu, de jugar con nuestras certezas hasta alterarlas, hasta sobrepasar nuestros recintos mentales, superar nuestras ridículas barreras interiores. Tenemos miedo de dejarle hacer lo que quiera en nuestra alma y en nuestra mente.
Jesús desea que seamos felices, llenos de su misma alegría, una alegría llena y duradera, y casi no se explica nuestra testaruda decisión de no confiar en él y de quedarnos en la tristeza y en el engaño.
Y se maravilló de su falta de fe. Jesús se maravilla que no lo dejemos entrar en nuestro corazón, mientras con tanta inmediata desenvoltura abrimos de par en par las puertas del alma a cualquier otro impostor y falso curandero. 
Y cuando, de una manera u otra, lo dejamos entrar no hacemos entrar exactamente a él, sino la “cifra” de él, el nombre, la tradición de él, no su verdadera Palabra y presencia, sino una imagen: la imagen que nosotros nos hemos hecho de él, a través de la imagen que los otros nos han mostrado de él.
Jesús quiere libertarnos de este proceso de “falsificación”. El proceso de “falsificación” permite que se enseñen como enseñanzas de Dios los preceptos de los hombres: Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios [...] Así anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido. Bien quebrantan el mandamiento de Dios por la tradición instituida por ustedes (Marcos 7,9.13).
El proceso de “falsificación” logra alejar la sustancia y la presencia real de Dios del corazón de la gente, manteniendo sutilmente y con astucia en el alma y en la conciencia, todos los parámetros religiosos de sacralidad, miedo, ritualidad y moralidad.[1]
Los profetas que Dios ha enviado a su pueblo a lo largo de la historia tenían precisamente la tarea de libertar a la gente de este proceso que despacio distraía al pueblo de Dios y de su ley sagrada, a través de Dios mismo y de la ley sagrada astutamente falsificados. Los profetas verdaderos siempre fueron matados por el poder que instigaba al pueblo a reconocer en el profeta un enemigo de Dios y de su ley.
Siempre ha ocurrido así. A Jesús lo han matado en nombre de Dios, no de Satanás. Han asesinado al Hijo de Dios, en nombre de la ley de Moisés, para defender la ortodoxia, el dogma, la tradición y la ley de los padres, una ley divina que los dirigentes del pueblo hebreo[2] habían aprendido a mermar hábilmente para defender astutamente sus intereses y cubrir con el derecho sagrado sus injusticias[3].
De la misma manera también hoy, en nombre de Jesús y de todo lo que entre pensamientos y conclusiones sobre él nos hemos pegado encima, nosotros podemos rechazar a Jesús mismo. Nos escandalizamos de él. Afirmamos que es demasiado ideal, demasiado fuerte, quiebra, desentumece, demasiado nuevo. Y con estas y otras excusas, perdemos la vida, la única vida que tenemos. Y todo ¿para salvaguardar qué? ¿Para conservar a ultranza cuál tesoro que no sea nuestro miedo?
Es la victoria más aplastante de Satanás. Empujarnos a encarcelar a Jesús, el Libertador, en la prisión de la cual él debe libertarnos. Bloquear en la esclavitud (miedo) los hombres en nombre de Jesús. Tenemos un miedo terrible de admitir que todo lo que en nosotros no es fundamentalmente auténtico, antes o después se derrumbará, será arrastrado.
Y para no ser arrastrados no son suficientes buena voluntad, principios y valores. No basta ser buenas personas, con unos deseos de bien para con los demás, pero que no quieren ser demasiado incomodadas en sus costumbres. Jesús nos pide que nos atrevamos. Que vayamos en profundidad, que descubramos verdaderamente quienes somos, sin respuestas ya dadas.
Y aquí se necesita fe, fe para arriesgar, por amor, toda la vida ante el Padre, y elegir definitivamente a Jesús como único y divino libertador y el Espíritu Santo como único y divino consolador.

[1] En Mc 7,9-13 Jesús describe bien este proceso de “falsificación” de la palabra y de la ley de Dios por parte de algunos grupos religiosos observantes de aquel tiempo, que defendían el poder y cubrían sus injusticias, deformando hábilmente la palabra de Dios y enseñando, con la autoridad de las cosas divinas, tradiciones, costumbres y preceptos humanos.
[2]
 “Dirigentes del pueblo” o “jefes del pueblo” es expresión amada por el evangelista Juan, cuando quiere distinguir el grupo de los poderosos (ancianos, sacerdotes, escribas y fariseos) del pueblos y de la gente común.
[3]
 En la Biblia el comportamiento violento de los jefes del pueblo contra los verdaderos profetas de Dios se repite tan a menudo como para que se describa como actitud “tradicional”, casi distintiva de este pueblo. Jesús, que está sufriendo la misma suerte, recuerda (Mt 23,27-32) como en el pasado los dirigentes del pueblo hebreo, después de haber matado con afrenta a los profetas de Dios, les construían tumbas bellas y decoradas para esconder bajo trastadas de honor y reverencia su violenta oposición a las “voces proféticas” donadas por Dios mismo para libertarlos de podredumbre e hipocresía.