Martes 1 Septiembre 2020

Vigésimosegunda semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Mateo 17,14-20

La mostaza

La fe no es creer en algo o en alguien, no es ofrecer la propia adherencia mental o espiritual a un credo, a una ideología, a una divinidad. Fe no es un genérico creer en Dios, que se opone a un genérico no creer en Dios. Fe es saber usar una energía cuyas potencialidades son infinitas, energía que procede de una relación de total confianza e intimidad con Dios. Fe es saber en plenitud, es ser completamente conscientes, sin la mínima duda y sospecha, del hecho que la energía que deriva del confiar en Dios hace posible también lo imposible. La fe es energía cósmica universal, que tiene la potencia de modificar la materia y cada realidad existente. Según Jesús es suficiente una pizca de esta fe, de esta energía para desplazar las montañas. Jesús afirma: si tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, dirían a esta montaña: «Trasládate de aquí a allá», y la montaña se trasladaría; y nada sería imposible para ustedes, y la historia ha interpretado esta afirmación como una enunciación paradójica, intencionalmente exagerada, únicamente simbólica, no como en realidad Jesús la ha propuesto a nosotros, es decir como una de las más altísimas verdades y procedimientos capaces de orientar completamente la vida del hombre hacia el bienestar y la felicidad. Según la afirmación de Jesús la fe es divina energía potentísima que puede fluir en las manos y en el corazón del hombre, haciéndolo capaz de realizar todo deseo y toda aspiración sin límites. Pero, ¿cuáles son las condiciones para que esta energía fluya en el hombre tan potente que le sea posible lo imposible? La condición imprescindible para que en el hombre fluyan la energía y la fuerza divina de la fe por lo cual Jesús afirma: nada sería imposible para ustedes es que el hombre no sea nunca, conscientemente o inconscientemente, en revuelta y en desafío con Dios. Sólo el corazón y el espíritu del hombre que nunca piensan mal de Dios pueden usar la potencia trastornante de la fe. Pensar mal de Dios es pensar, aun si de manera sutil e inconsciente, que él sea de alguna manera la causa de nuestro sufrimiento o de nuestro dolor, de nuestra tristeza o miseria. Pensar mal de Dios es considerarlo de alguna manera implicado en el mal que atenaza el mundo o que puede ocurrir en nuestra vida. Pensar mal de Dios es perder la pureza del corazón, es la manera más segura, cierta y perfecta para apagar la energía cósmica de la fe y no poder más valerse de ella para realizar los propios sueños y deseos. Cuando el hombre piensa mal de Dios pierde el uso de la energía poderosa y divina de la fe, pierde el poder por el cual nada le es imposible, y la pérdida de este poder lo empuja a sustituir el poder de la fe con la fe en el poder. El hombre que ha vuelto impuro el propio corazón, pensando mal de Dios, ya no logrará usar la potencia de la fe para dominar las cosas de la vida según sus propios deseos, sino será empujado a usar la fe en el dominio para afrontar la vida y los eventos. El hombre que piensa mal de Dios pierde la fuerza de la fe y se somete necesariamente a la fe en la fuerza, borrando en la propia vida todo bienestar, paz, felicidad, salud y armonía.