Domingo 6 Septiembre 2020

Vigésimotercer domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Palabra del día
Evangelio de Marcos 7,31-37

Petra

Los Nabateos, tribu semitas del norte, etnia originaria del desierto y dedicada al nomadismo, llegaron al sur de la Jordania desde la Arabia entre el VI y el IV siglo a.C., estableciéndose en el país de Edom y echando a su vez en el 500 a.C. a los Edomitas desde la Ciudad de las Tumbas.
Durante el período helenístico y romano, Petra, la ciudad de las Tumbas, fue la capital del reino de los Nabateos. Ellos hicieron de esta ciudad extraordinariamente bella uno de los principales y más poderosos enlaces del tráfico vial comercial del Medio Oriente, una encrucijada estratégica de antiguas vías caravaneras a lo largo de las cuales los aromas de la península arábiga, la seda china, las especias hindúes y el incienso eran transportados desde el sur del Arabia hacia la Palestina y los países que se asomaban por el Mar Mediterráneo, el Egipto y la Siria. En el 63 a.C. los romanos, con la esperanza de adueñarse de Petra para oscurecer y someter el poder comercial y cultural de los Nabateos, pueblo que se ha revelado habilísimo tanto en el arte de la construcción civil y monumental como en el comercio, lanzaron un ataque improviso a la ciudad, pero la empresa fracasó. Fracasada la vía militar, costosa y por un lado demasiado contraproducente - de hecho los romanos no amaban destruir indiscriminadamente lo que habría podido volverse útil para ellos o que consideraban de alguna manera bello y apreciable - predispusieron una solución más política apta para detener la expansión de Petra y de los Nabateos. Ya desde el año siguiente, el 62 a.C., dieron vida a una singular alianza política de diez ciudades-estado, un primer ejemplo de gobierno único supremo, la Decápolis justamente, que debía obstaculizar la ulterior expansión de los Nabateos y de su fuerza comercial y política. La Decápolis, de hecho, funcionaba como una red de contención que impedía a Petra, primero comercialmente y después políticamente, sus exportaciones y sus importaciones, complicando de toda forma posible la expansión hacia el exterior. La Decápolis, en conclusión, era una alianza de diez ciudades que compartían el sistema cultural, económico y lingüístico, a la cual era consentida por el imperio inclusive una fuerte autonomía legislativa, política y comercial con el objetivo de sofocar Petra y su imperio. Un gobierno único creado legalmente para colonizar, saquear y oprimir un pueblo con la persuasión, la constricción económica, el embargo comercial, sin el uso directo de las armas.
Petra, excavada en la roca, ciudad tan bella que es recordada coma la ciudad cuya visión quitaba el aliento, es hábilmente ahogada por las alianzas políticas y por las injustas intrigas comerciales del gobierno único de las diez ciudades. Cincuenta años más tarde Petra, ciudad de las Tumbas, será ocupada por los romanos sin que sus pobladores opusieran resistencia. Ya era una ciudad muerta.
Justo aquí en el centro de esta región llega Jesús en su vagar. Llega en esta circunstancia histórica, en esta encrucijada extraordinaria, en la sombra de una ciudad-imperio bellísima, pero no crecida en la conciencia del Dios verdadero, tanto que se llamaba ciudad de las Tumbas, ciudad de la muerte. Una ciudad que, aunque potentísima, no había sabido levantarse hacia la luz de Dios, y estaba soportando la carga de la violencia y del amordazamiento final.
Justo aquí Jesús encuentra al sordomudo en un encuentro que nos relata solo el evangelista Marcos. Y justo desde aquí, desde esta tierra genial y embridada, en el corazón de un gobierno globalizado y predador legítimamente reconocido, justo desde aquí Jesús grita: «Efatá», que significa: «Abrete», más literalmente: Sé abierto. El evangelista transcribe en griego la precisa palabra aramea. Sé abierto. Texto tan poderoso que ni siquiera se puede traducir. Después añade: De inmediato se abrieron sus orejas, y se soltó el nudo en su lengua y hablaba correctamente. La liberación interior, la liberación de un pueblo de toda esclavitud y miedo es una cuestión de abertura. Abrir las orejas del alma para conocer, abrir las orejas de la mente para entender, abrir las orejas del corazón para adherir, abrir las orejas del alma para reconocer.
¡Sé abierto! Es el grito de Jesús al mundo, a su pueblo, a cada uno. ¡Sé abierto! Más allá de las culturas, más allá de aquello que estás acostumbrado a pensar, mucho más allá de aquello que las expectativas de los demás han forjado en ti, más allá del adiestramiento y de los condicionamientos, de los chantajes, de los cordones umbilicales. ¡Sé abierto! Porque lo que sabes, conoces y piensas de saber no es nada con respecto a lo que hay para conocer. ¡Sé abierto! Más allá de la egomanía, del egocentrismo, del egologos. ¡Sé abierto! Más allá de la visión falsificada de ti mismo y de la realidad, que te vuelve esclavo de lo efímero y de la estupidez. Abrir las orejas a lo que Dios dice a nuestro corazón en el silencio prolongado más allá de las palabras de los hombres y de sus convicciones es el primer paso hacia la liberación. Si se abren las orejas, se desata también el nudo en la lengua. Abrirse a la conciencia hace posible la comunicación, aquella verdadera, hace posible la relación con sí mismos, con los demás, con la creación, con el Amante Absoluto. Abrir las orejas es salir de las convicciones, de las seguridades, de los códigos de interpretación adquiridos y cristalizados en nuestro cerebro. Abrir la oreja a la voz de Dios y desatar el nudo de nuestra capacidad comunicativa vuelve libres, fuertes y ágiles combatientes si bien sin armas en contra de los colonizadores y de los esclavistas de cada siglo.
¡Sé abierto! Significa también no resistir, no oponerse, no condenar, no separar, si se quiere realmente aprender de la realidad. Sé abierto significa rendirse a la realidad, aceptarla, pero sin resignarse. La rendición no significa soportar pasiva o voluntariamente y no hacer nada en la situación en la cual nos encontramos. Sé abierto significa no dejar de desear los deseos de Dios, los deseos de la verdadera vida, cualquiera sea la situación. Los deseos de Dios nunca han sido reunidos y expresados  más claramente que en las Bienaventuranzas. Significa dar inicio a acciones positivas, siguiendo el flujo de la vida sin oponerse al curso de la existencia. Sé abierto es abandonar la resistencia interior hacia lo que es como único camino conocido y practicable.
Abrirse es dejar de luchar por como lo que es debería ser. Abrirse es aprender de la realidad las infinitas nuevas posibilidades que la vida nos ofrece, pero sobre esto nuestra manera de pensar nos es enemiga, es terriblemente rutinaria y débil. Nuestro sistema mental odia las novedades, las oportunidades, les tiene miedo como y más que a la muerte.
Sé abierto es lo contrario del no terrible que oponemos a la vida en toda circunstancia a través del prejuicio, de la condena, del dialogo interior negativo.
¡Sé abierto! Es una síntesis altísima del método espiritual evangélico que permite al hombre aprender de la vida misma todo lo mejor posible y dejar de tener miedo.
Sé abierto es gritado al pueblo de Petra, a su belleza amordazada, a las momias de su cultura elevada y refinada, que pero no han conocido la sonrisa de Dios. Sé abierto no prevé miedo, rabia, prisa, tensión, confrontación, competición, juicio, condena, separación, destrucción. Sé abierto lleva hacia acciones positivas, tolerancia, relaciones duraderas, conocimiento, inteligencia, salud.
Sé abierto es no resistir al presente, no oponerse, es quedar abierto, disponible, es custodiar y mantener vivos y potentes al mismo tiempo los deseos más profundos de tu corazón.
Sé abierto es no oponerse nunca al presente, no intentar nunca cambiar a los demás y mantener al mismo tiempo en el corazón y en la mente los deseos de las Bienaventuranzas como el más potente de los deseos.
Los deseos de Dios en el corazón son una fuente de energía sin límites para enfrentar cualquier presente que la vida nos conceda y nos done.