Lunes 7 Septiembre 2020

Vigésima Tercera semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Lucas 6,6-11

Miedo que cambie

Una ciudad bellísima, muy, muy rica, que yace en una espléndida llanura, rodeada de bosques, ríos y lagos, se entera que un rey, que viene de lejos, está arrasando con las regiones y las ciudades cercanas, devastando cada cosa, sediento como es de riquezas y de botín. A la espléndida ciudad, por el tiempo que falta antes del combate inevitable, no le queda que juntar las fuerzas y las riquezas e invertir todo en la construcción de gigantescos muros de contención y de cualquier otro estratagema arquitectónico para resistir al asedio. Las llanuras lozanas de campos cultivados, que envuelven los lomos de la ciudad, se transforman en campos minados con cada truco e impedimento posible para retardar el avance del enemigo. Los arados se forjan en maquinas de guerra, los vestidos de baile en armaduras y uniformes militares, los banquetes se transforman en recolecciones concitadas para almacenar toda comida y alimento en vista del largo asedio. Los preparativos se han ultimado y la ciudad parece otra. Recintos, fortificaciones, brechas, protecciones, torres, terraplenes por todas partes y, sobretodo, muros, gigantescos muros de contención tan altos que, de afuera, cubren la vista de las torres más altas de la ciudad y de los palacios.
El enemigo llega. En poco tiempo se desata una guerra furibunda y un terrible asedio. El rey extranjero es aguerrido, bien organizado y extremadamente violento pero, después de miles de intentos de ataque, no logra apoderarse de esta ciudad tan bella y fortificada, y cada tentativa deja sobre el terreno decenas de millares de sus más valerosos guerreros. El rey extranjero ha sido vencido, y se va para siempre de aquellas regiones. La ciudad ha ganado. Pero, ¿A qué precio? Un precio altísimo en vidas humanas que jamás regresarán a llenar de cantos, trabajo y vida las vías de la ciudad, un precio altísimo en devastación de los cultivos, ruina de los bosques y de los ríos.
Después de mucho, mucho tiempo, la ciudad, reconstruidas casas y palacios, retoma su vida, retoma su esplendor, pero los muros gigantescos se quedan. Se quedan allí alrededor de toda la ciudad, heridos por los golpes, oscurecidos por el fuego, quedan allí como memoria para los ciudadanos y una advertencia para los enemigos, para siempre.
La ciudad de nuestra persona se ha construido así, entre batallas y conflictos, fracasos y victorias. Y, para consolidar nuestra estructura psíquica, nos hemos construido a nuestro alrededor un enorme muro de contención. Los equilibrios psíquicos de nuestra persona no han sido fundados y erigidos en el amor, sino han sido fundados y erigidos en la dolorosa defensividad, son gigantescos muros de contención erigidos alrededor de nuestras heridas. Por esto nuestro miedo más grande es que cambie, que cambie el equilibrio sobre el cual fundar nuestra vida y nuestras relaciones. Es el miedo que, después de todo lo que hemos sufrido y padecido para construir nuestro equilibro sobre los muros de contención, erigidos con gran dolor para defendernos de los enemigos y de sus golpes, alguien llegue a decirnos que se puede cambiar, cambiar equilibrio. En este sentido no hay peor enemigo para nuestros equilibrios que Jesús y el evangelio.
Nada en el mundo como Jesús y el evangelio tienen el poder de proponernos nuevos equilibrios mentales y espirituales para vivir. «Levántate y quédate de pie delante de todos» es un sublime ejemplo. Levántate de tu equilibrio, quítate de tu armadura, ven aquí en medio, fuera de tu muro de contención al cual estás terriblemente encariñado y deja, deja de tener miedo, deja de construirte en la defensiva y en el temor, deja de ser esclavo de la memoria de tus heridas. Levántate y quédate de pie delante de todos, con un nuevo equilibrio, una nueva postura espiritual. Levántate y quédate de pie delante de todos, ponte y vuelve a ponerte en eje con la vida y con el amor, contigo mismo y con Dios.
El paralizado sana, encuentra un nuevo equilibrio espiritual y físico, pero los dirigentes del pueblo no. No están dispuestos a cambiar equilibrio, no están dispuestos a ponerse allí en medio delante del Señor sin miedo ni protecciones, sin defensa ni arrogancia. No están dispuestos a un nuevo equilibrio, y continúan la lucha, continúan a combatir también a aquel que no es enemigo, que es Amor y Compasión. Quien no está dispuesto a cambiar la raíz de sus propios equilibrios, fundados en el miedo y la defensa, debe preparase para luchar y para combatir todo y todos, sin ni siquiera distinguir si es amigo o enemigo.