Viernes 11 Septiembre 2020

Vigésima Tercera  semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Lucas 6,39-42

¿Cómo hacemos?

Jesús se pregunta a menudo. ¿Cómo hacemos a continuar a juzgar a los demás, pensando de defender algún fragmento de verdad y justicia o de alcanzar alguna forma de iluminación y de paz? Cuando juzgamos los hermanos, elevamos nuestra ceguera y nuestra estupidez en la silla, y desde aquel púlpito desciende, como cascada, cada posible maldad, masacre, violencia y daño para la humanidad. ¿Cuál es el hombre que el propio corazòn y en la propia mente pueda afirmar de haber la visión omnipotente y omnipresente de Dios, para saber exactamente todo y cada cosa de todos, para poder expresar un juicio y trazar una sentencia? Quién expresa qualquier juicio sobre una persona, antes de saber todo y perfectamente cada cosa y cada detalle de la vida y la esencia de aquella persona, es un ciego malvado que se pone arrogantemente en el lugar de Dios, es guía ciega de los demás ciegos. Èste se pone en contra de Dios, espande el engaño y la oscuridad en el mundo. Juzgar un hermano es la manera más perfecta para volverse siervo del Maligno. Hacer del juicio la propia orientación mental, el propio método espiritual, para condenar es la actividad mental y espiritual que identifica Satanás como Satanás. Juzgar los hermanos es como unirse físicamente con Satanás. ¿Quién puede juzgar si no Dios y Dios sólo? Juzgar los hermanos es la posición mental, el mecanismo psíquico que nos pone en el lugar de Dios, y es este sutíl y profundísimo acto de idolatria que impide qualquier evolución espiritual y emotiva, bloca la realización de los propios sueños divinos, de las potencialidades creativas. La mente, así obsesivamente ocupada a juzgar, és y queda vulnerable adelante del peligro, piloteada de los poderes fuertes, débil porque separada. Y és propio una mente así obsecionada del juicio y del prejuicio, débil y ciega, que genera en sí aquella incurable necesidad de trabajar para salvar y guíar a los demàs, pero lo hace sólo como un ciego lo puede hacer con otro ciego, deviniendo así la más patética y peligrosa fuente de problemas y oscuridad sin fin de la historia humana. ¿Cuál es el hombre o la mujer que sobre ésta tierra, a causa de la heridas hechas y recibidas, no tiene el haz enorme bièn plantado en el ojo, en el corazón, en el alma, en la mente? Pero la realidad más terrible del proceso del juzgar és que ningún proceso mental humano como el juzgar, desencadena y atrae por resonancia el juicio de Dios. Quién juzga entra en resonancia energética con el movimiento de Satanás, y lamentablemente atrae inevitablemente por resonancia el juicio de Dios. De aquí porqué el evangelio nos recuerda: No juzguen, para no ser juzgados; porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes. Jesús se pregunta todavía cómo hacemos. ¿Cómo hacemos a continuar en ésta perspectiva mental y espiritual así fanáticamente estúpida y destructiva? Jesús se pregunta todavía cómo hacemos, y quién nos hace hacer esto.