Sábado 12 Septiembre 2020

Vigésima Tercera  semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Lucas 7,1-10

Humildad y conocimiento

La humildad sin conocimiento genera miseria y sumisión. El conocimiento sin humildad genera fanatismo y arrogante soberbia. El centurión non conoce personalmente a Jesús, pero es como si lo conociera desde dentro. El centurión sabe, ve, ha entendido, es conciente. A su manera, en su mundo interior, en su intuición perceptiva, sabe perfectamente que Jesús es Dios, el Hijo de Dios, el Señor supremo de todas las cosas, al cual todo obedece en la creación. El centurión conoce esto como si Jesús le estuviera ya adentro, como si Jesús habitara en su casa, bajo su techo desde hace mucho tiempo. El centurión conoce y al mismo tiempo es humilde. No esquivo, tímido, ínfimo, sometido, resignado, sino es humilde, profundamente humilde, y reconoce los papeles, las dimensiones, las potencias, las autoridades en juego. Ya que reconoce a Jesús como Señor de todo y por lo tanto todopoderoso y reconoce a sí mismo hombre, en defecto, pobre y limitado, el centurión invita a Jesús a que no entre ni siquiera bajo su techo, no hace falta, la curación del hijo ocurirrá de todas formas por la potencia taumatúrgica del Maestro que no teme espacios ni tiempos.
El conocimiento y la humildad, cuando se unen juntas, generan la inteligencia de la fe, la fe la verdadera. La fe poderosa que permanece humilde, la fe imparable, pero no fanática, la que ve, sin usar los ojos, que entiende más allá, sin soberbia, que mueve las montañas, sin forzar, que hace posible lo imposible, sin hacer presiones, la fe inteligente, gentil, aguda, inmediata. La fe del centurión. La fe que arranca incluso a Jesús un escalofrío de estupefacta, divina admiración: Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguí, dijo: «Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe»