Lunes 14 Septiembre 2020

La exaltación de la Santa Cruz

Palabra del día
Evangelio de Juan 3,13-17

Nadie nunca

La eternidad será breve. La eternidad será breve para agradecer el haber sido, para toda la vida y en cada segundo, el corazón de un deseo tan grandioso y potente, sosegador, útil, salvador, tan repleto de amor y dulzura, de tanta íntima, gentil y tiernamente fielísima consideración, más allá de toda imaginación y comprensión. Nadie nunca ha tenido un deseo tan grande. Para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. La eternidad será breve para alabar, para llorar de alegría y cantar y danzar en las moradas celestiales, sin parar nunca más. Nosotros los hombres pasamos toda la vida y cada día en esta tierra, ocupados y preocupados en desear una montaña de cosas que nos parecen necesarias, útiles, bellas, indispensables, agradables, pero, en verdad, no logramos nunca tener para nosotros mismos ni un fragmento del amoroso deseo de Dios: que ninguno de nosotros se pierda, sino que tenga la vida eterna.
Que ninguno de nosotros se pierda, este es el deseo de Dios. Nadie nunca ha tenido para nosotros un deseo similar, nadie. Si, además, consideramos por un instante que este inmenso deseo salvador de Dios debe entrelazarse continuamente con el libre albedrío, las mentes engañadas y las acciones de cada hombre y mujer de este planeta, realizadas no propiamente para no perderse, más bien, podemos vislumbrar de cual sea el trabajo de Dios Trinidad, de María, la Grande Madre, y de todos los ángeles. Por este motivo se puede afirmar, sin lugar a dudas, que nada, nunca nada en la vida es por casualidad. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él, esta es la realidad, este es el deseo de Dios. Este deseo divino es para nosotros una consolación inaudita pero, al mismo tiempo, debería hacernos reflexionar muy profundamente y debería hacernos regresar a nosotros mismos como nunca. ¿Por qué? Porque si este es el más grande deseo de Dios, significa que de alguna manera el hombre, según la libertad a él concedida - y es sobrecogedor sólo pensarlo y decirlo -, puede perderse, perderse eternamente.
Dios Padre no ha enviado a su Hijo a esta generación para condenarla, sino para que en Jesús vuelva a encontrar su eje divino, encuentre curación de la mente y del cuerpo, encuentre salvación, seguridad y paz, de lo contrario el riesgo altísimo es que esta generación se pierda. Con respecto a Jesús la humanidad puede cumplir el error gravísimo de considerarlo el fundador de una religión, el profeta de la enésima nueva espiritualidad, la propuesta de una nueva forma moral y ritual. Este enfoque hace de Jesús una cuestión confesional, una opción religiosa posible y no la última cuerda lanzada a la humanidad, que está trágicamente ahogando en las arenas movedizas del engaño de Satanás. Es devastador pensarlo, pero el hombre, en su libertad y bajo el peso del engaño satánico, se puede perder, se puede perder para siempre. Sabemos cual es el deseo de Dios, y Dios hará de todo y más allá del todo para que los hombres puedan volver a encontrar la vía hacia su Casa, pero no puede actuar más allá de la libertad del hombre. Dios puede amar al hombre, puede perdonarlo, guiarlo, inspirarlo, pero no puede sustituirse al hombre, no lo puede poseer. Nadie nunca ha tenido un deseo tan grande, porque nadie como el Padre de la humanidad está tan plenamente consciente de las fuerzas en juego.
Una pizca de confianza por demás en este inmenso y siempre fiel deseo de Dios, una pequeña ayuda a este deseo divino a través de nuestro amor y de nuestra fe en Jesús, siguiendo sus procedimientos, ya es una manera para realizar el deseo de Dios. Nadie nunca ha tenido un deseo tan grande para nosotros, por esto agradecer y alabar a la vez el Señor es lo más bello que podemos hacer desde ya, porque la eternidad será breve para hacerlo.