Jueves 17 Septiembre 2020

Vigésima cuarta  semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Lucas 7,36-50

Ciega

Es siempre ciega. Es matemático, es un axioma. Es siempre, terrible, obstinada, increíblemente, completamente ciega. A veces es desvergonzada e insolente, otras veces es descarada e impudente, casi siempre atrevida, pero es siempre, siempre ciega. Es extremamente peligrosa y cuando se transforma en arrogancia se vuelve letal para la supervivencia del hombre, porque no sólo es ciega, sino sobre todo está totalmente convencida de que vea, y de que sea la única que lo vea bien y completamente. ¿Qué es?
Es la compañera de los pensamientos de Simón, el fariseo que invita a Jesús a cena. Es la presunción. La presunción es siempre, terrible, obstinada, increíblemente, completamente ciega, y además cree ser la única que lo ve claramente. Es la presunción que hace estúpida y ciega la manera de argumentar de Simón, que dice dentro de sí, con referencia a Jesús y a la mujer que le está acariciando los pies, si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!. La presunción cree ver, cree haber entendido, cree saber pero de verdad es ciega, perfectamente, completamente ciega. Simón está seguro de haber entendido, está seguro de conocer a Jesús y a la mujer pecadora, está convencido que ve, está seguro de saber, pero está ciego, completamente ciego, obscurecido, y Jesús de manera amable y gentil se lo recuerda con fuerza y claridad. De hecho Jesús se dirige a Simón con una pregunta que se podría hacer sólo a un ciego: ¿Ves a esta mujer? Es evidente que Jesús se dirige a Simón como a un ciego total, más bien, peor, como a un ciego afectado por la más incurable ceguera que es la de quien cree ver. Simón está lleno de la presunción de saber ver, de saber entender, de saber comprender, en realidad su presunción lo hace ciego y necio, irracional e irrespetuoso. Con su pregunta, Jesús intenta abrir los ojos a Simón sobre una profunda obviedad: Simón en realidad no ha visto todavía nada de la vida, de sí mismo, de Dios, ni siquiera de Jesús que tiene allí delante, de la mujer allí ante los pies de Jesús que estaba llenando de la fragancia del amor cada rincón de la casa.

En toda su experiencia terrenal, en cada palabra y gesto, Jesús no intentará más que abrir los ojos de los hombres sobre esta obviedad: la presunción hace ciegos.