Domingo 6 Diciembre 2020

Segundo Domingo de Adviento – Ciclo B

Palabra del día
Evangelio de Marcos 1,1-8

Moverse

Difícil no sentir el movimiento en estas palabras, el movimiento de la vida. Difícil no sentir deseos de ir, de moverse, de salir del recinto del no-movimiento.
El ángel hace camino. Vuela y camina la vía del cielo a la tierra. Pisa estrellas, atraviesa galaxias, navega en nubes y cometas del cielo a la tierra. Un camino entre cielo y tierra, del corazón de Dios al corazón del hombre. Desde las moradas celestiales a las habitaciones terrenales. Un camino de paz, continuamente forjado de luz, camino de sapiencia infinitamente viajada y dulcemente marcada y pisada por la verdad, camino de la vida sin fin recorrida por los hijos del amor y sus mensajeros, profetas y santos. Es el camino que de Dios viene a nosotros, el camino del cielo a la tierra. El ángel profeta es enviado, otro ángel traza el sendero, reanuda el viaje hasta la tierra.
Lugar de partida, las moradas celestiales, meta de llegada, un rostro. El rostro de rostros. El rostro de la Vida hecho carne, la Belleza inmensa e inaprensible, visible e invisible del rostro de Aquel que todo crea y hace devenir. El rostro del Hijo Jesús.
El ángel Sumergidor atraviesa el cielo de cielos para sumergirse dulcemente entre las aguas y la sangre del vientre de mujer de las muchas estaciones que todavía no ha transmitido primavera de vida, mujer Isabel. Esta vez será primavera de estaciones nuevas para toda la historia de la humanidad.
El ángel Sumergidor se hace camino del cielo a la tierra para hacer camino al rostro de Dios hecho carne. Debe preparar camino terreno, camino para el adviento del Rey de reyes. Del cielo al vientre, del vientre al desierto, sus alas se transforman en voz que grita y canta la venida del Señor.
Se trata de preparar camino, no un camino cualquiera, sino el camino del Señor. Con el término camino en la Biblia, no se indica solo tierra forjada, pista de enlace, sino un modo de ser, el estilo de vida, el nombre por el cual se hacen las cosas, por el cual palpita el corazón por dentro. Preparar el camino significa cambiar estilo de vida, decisiones espirituales, motivaciones existenciales. Hacer derechos sus senderos significa modificar radicalmente las elecciones hacia la verdad y la justicia. A este punto el camino, el trayecto, la pista de la vida pasa a través de la paradójica e innovadora experiencia de la Sumersión.
Conversión de la pista interior a través de la Sumersión en Dios, inversión de los senderos de la perversión a través de la Sumersión en la Palabra.
La voz del ángel Juan se expande, el grito atraviesa los silencios, las multitudes escuchan, la gente traza un sendero, abre una pista forjada en el desierto. El camino ahora de tierra a tierra, de corazón a corazón, de voz a voz es el camino del alma que abre vías para otras almas.
La gente va, reconoce un camino, forja un sendero, rastrilla una pista nueva, el cambio. El cambio es por dentro, aún si después camina y se hace camino también por fuera. El cambio, la oportunidad está dentro, y es sólo y siempre dentro el alma, dentro el corazón y la mente, no es nunca fuera de nosotros. Se abre una vía diferente, una oportunidad distinta, una posibilidad nueva: cambiar vida se puede y no depende nunca de los demás, depende de nosotros.
Reconocer nuestros errores sin justificarse y pedir perdón a la vida y a Dios es el primer paso del cambio, es la oportunidad de la vida para toda mejoría. Cada sendero hacia la felicidad, cada camino para la vida, cada pista para la belleza conoce los pasos iniciales pero inevitables del reconocimiento del error, del reconocimiento de la falta de amor. Conciencia humilde y sin justificaciones que no lleva nunca a los sentimientos de culpa sino al pedido apasionado del perdón a Dios. El perdón pedido a Dios con amor es aplacar la sed del alma con una infusión de gozo y misericordia. Hacer circular en la mente sentimientos de culpa es como alimentar el alma con el pan del Maligno, es como hacer una transfusión con la sangre del diablo. El camino nuevo pasa dentro de nosotros mismos, el escucharse a sí mismos, a los propios lugares oscuros y moribundos, a los sueños y a los deseos, a las perspectivas divinas y a los entusiasmos del Espíritu.
Los nuevos senderos para el nuevo camino parten del reconocimiento de los propios errores, del reconocimiento humilde y simple, realístico y sin justificaciones de nuestra falta de amor, de gozo, de inteligencia, de entusiasmo, de limpieza interior, de paz y de luz.
Reconocer en paz los propios errores y sumergirse en el perdón de Dios es la vía del gozo, es la vía de la liberación cada instante, cada segundo, cada día, cada vida.
El ángel Juan sumerge en el agua del río, Jesús sumergirá en el Espíritu Paráclito, sumergirá directamente en Dios Espíritu Santo Consolador y Defensor. Las dos sumersiones en el agua y en el Espíritu se unen en un único símbolo de liberación y de misericordia de Dios. Es el anuncio de una nueva y extraordinaria oportunidad, aquella de poder cambiar, de poder virar, de poder liberar la vida hacia el mejoramiento. Este es el evangelio que Marcos el evangelista llama gozoso anuncio, anuncio del gozo.
Parece  implícito, pero aquello que falta a nuestra vida, a las propuestas educativas, a la catequesis, a la moral, a la política, a las familias, a las mentes de nuestro tiempo es la perspectiva de que se pueda cambiar. Mejorar se puede. El engaño nos ha enredado en un camino sin vías de escape, en pistas tan andadas y recorridas que no dejan espacio para nuevas oportunidades.
La voz del Sumergidor grita, la voz del Hijo Jesús canta que cambiar se puede, mejorar es posible siempre, las oportunidades son la vida misma, la vida es una oportunidad.
El Señor cumple todo y todo conduce a través de la ley suprema de las oportunidades, que es ley que permite a Dios amarnos sin quitarnos libertad, proveer sin faltarnos el respeto, sostenernos sin reemplazarnos. Cuando en nuestra plegaria pedimos al Señor paz, unidad, realización, amor, el Señor no nos concede paz, unidad, realización, amor, pero ilimitadas, perfectas, incalculables, continuas, constantes oportunidades para crecer en la paz, en la unidad, en la realización, en el amor.
Convertirse no es una obligación, es la oportunidad de ser felices, de ver cambiar a mejor nuestra vida. No es posible convertirse obedeciendo a algo fuera de nosotros. Es dentro en el alma que se engrana la marcha, que se da el paso, que se toma la pista.
La voz del evangelio grita y canta gozosamente a la humanidad que no está escrito en ninguna parte sino en nuestra mente y costumbres, que debemos vivir así de mal, así de solos e infelices.
Jesús anuncia el asombro divino al ver a la humanidad así afligida y al mismo tiempo así sometida a la aflicción, así esclava y así resignada a la esclavitud. El evangelio grita y anuncia nuevas oportunidades contra el malestar preestablecido, contra la obstinación de los hábitos, la obtusa inflexibilidad de las reglas humanas hechas contra el hombre y la verdad, contra la terquedad de las tradiciones terrenales que mejoran en nada la vida, contra la perseverancia de la estupidez que nada ofrece a la vida, contra la obstinación de la miseria espiritual que elimina toda inteligencia y belleza.
Nuestra mente por como la hemos construida en nuestras ilusiones se ha acostumbrado al malestar, al miedo, a la depresión, a la infelicidad, a la tristeza. El evangelio de Jesús se pregunta y nos pregunta si a toda esta infelicidad se debe acostumbrar también nuestro corazón.
Jesús y su Palabra anuncian el gozo como algo posible, la belleza como presente. La belleza de los días, de los corazones y de las personas.