Lunes 7 Diciembre 2020

Segunda Semana de Adviento

Palabra del día
Evangelio de Lucas 5,17-26

Álzate y camina,

En el versículo 21, el verbo perdonar traduce el griego aphiemi, “libero, pongo en libertad, reenvío libre, remito, despido, absuelvo”.
Perdonar es dejar ir, poner en libertad, remitir, aliviar del peso de la culpa y del daño. Perdonar no es una acción de la mente, no es un acto de la voluntad, es una elección definitiva del alma de seguir la vía del amor, cueste lo que cueste.
Perdonar es una elección definitiva a no detenerse en el mal recibido y ni siquiera en el mal causado. Perdonar es dejar ir por amor, no por rabia. Dejar ir permite ponerse de pié nuevamente y caminar. Detenerse en el mal trae en sí, de todas maneras, el mal y paraliza la mente, el alma y el cuerpo.
Jesús perdona porque es el único que puede hacerlo. Perdonar no es una acción humana, ni siquiera del espíritu humano más elevado. Ningún hombre encerrado en sí mismo, con solo las fuerzas humanas, puede declarar perdón y recibir misericordia. La Palabra de Jesús que concede el perdón es una Palabra omnipotente que ordena la abolición del error y del pecado cometido. También el corazón humano que perdona por don del Espíritu Paráclito, es fruto de la misma omnipotencia divina que manda y ordena la abolición del error y del mal recibido. Igualmente, el llanto del corazón arrepentido que pide humildemente perdón a Dios en el Espíritu Paráclito, es una acción que deriva de la fuerza omnipotente de Dios.
Es Dios, es Jesús que, primero en su misericordia, perdonando siempre a sus hijos, establece la absoluta potencia y omnipotencia del perdón ofrecido y solicitado. Este es el verdadero prodigio. Las cosas prodigiosas que Jesús cumple arrancan de la gente tremor y alabanza a Dios, pero el verdadero prodigio es el perdón divino que, suscitado en la fe humilde y potente del hombre, sana y regenera todo el hombre.