Martes 15 Diciembre 2020

Tercera Semana de Adviento

Palabra del día
Evangelio de Mateo 21,28-32

Traficantes

En el versículo 31 – Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios se encuentran los dos términos: publicanos y prostitutas, en griego respectivamente telònai y pòrnai. Son términos ambos ligados al área semántica del comprar, obtener con dinero, adquirir, andar a vender en tierras lejanas. Los publicanos, hombres deshonestos, estafadores colectores de impuestos, junto a las prostitutas son por tanto dos precisas categorías de traficantes.
Los publicanos y las prostitutas son traficantes de sí mismos, traficantes según los intereses de su corazón, intereses que, antes del encuentro con Jesús, son exclusivamente fruto del desafío y de la rebelión contra Dios y la vida. Y en todo esto nos representan perfectamente. Pero, abrazando el proceso de la salvación, siguiendo el procedimiento del arrepentimiento - arrepentirse es traducible en griego con “cambiar e invertir aquello que tanto aprecias” –, publicanos y prostitutas nos pasan por delante en el reino.
¿Por qué? ¿Será porque han entendido que creer significa exactamente y contemporáneamente cambiar, arrepentirse de una vida para abrazar otra?
Los traficantes, habilitados por la experiencia a perseguir con cada artimaña los intereses de su propio corazón, delante de la propuesta evangélica de nueva felicidad y salud están listos al cambio y a la inversión de aquello que tanto aprecian.
El hombre no hace esfuerzo para creer en Jesús porque es difícil creer a Jesús, sino porque también inconscientemente el hombre sabe que creer en el evangelio significa antes que nada cambiar vida, mutar vía, cambiar acciones, significa cambiar e invertir aquello que tanto aprecias. Es una equivalencia: si no tienes ganas de cambiar aquello que por desafío y rebelión tanto aprecias, no estarás listo para creer en el evangelio. Si tienes ganas de cambiar, sólo entonces tendrás sed de creer. En la medida en la que se desea proteger los propios intereses cardiacos, es necesario cubrir de ridículo el evangelio.
No ha sucedido jamás que alguien no crea en Jesús por falta de fe, pero sólo y exclusivamente por pereza interior y para proteger su tráfico interior.