Miércoles 3 Marzo 2021

Segunda semana de Cuaresma

Palabra del día
Evangelio de Mateo 20,17-28

Proceso

Los doce discípulos de Jesús no esperan, ni siquiera la muerte de Jesús, para adentellarse por la herencia espiritual y política del maestro y, como si no bastaran la vanidad y la ambición de los doce para crear división y barullo, se entremete también la avidez de las madres y de los parientes. Avidez y competición, sed de poder y gloria humana no abandonarán nunca el grupo de los doce, ni siquiera en la futura descendencia apostólica. Desde sus primeros días de vida, profundas divisiones ideológicas, desgarradoras separaciones teológicas, pesados contrastes morales, arraigadas escisiones políticas, han acompañado y marcado el camino de la iglesia. Jesús conoce perfectamente cómo funcionan el corazón y la mente del hombre y cómo están conectados entre ellos, no sólo por los tejidos y los nervios, sino también por el espíritu y por el diálogo interior. Jesús sabe que nosotros no vemos nunca las cosas por lo que ellas son sino por como nosotros somos. Nosotros no vemos, no percibimos, no comprendemos ni pensamos en la realidad por como es realmente, sino según cómo seamos y cómo estemos adentro, según nuestro estado mental y emotivo.
Aún conociendo este mecanismo mental, que desconecta completamente el hombre de la realidad, Jesús ha confiado la iglesia precisamente a estos hombres y a estas mujeres que, por como están interiormente, están terriblemente sedientos de prestigio, culto de la imagen, éxito, aplauso, pereza, poder y riqueza. Jesús ha pedido a sus discípulos que de todas formas se encaminaran hacia la aventura de la iglesia. ¿Por qué?
Porque Jesús deseaba que precisamente en este proceso, en esta milenaria aventura individual y comunitaria de la iglesia, bajo la potencia y la luz del Espíritu Paráclito, los ambiciosos y los vanidosos hijos de Dios tuvieran poco a poco pero inexorablemente, la ocasión de cambiar por dentro, de sanar por dentro para estar al servicio del mundo con todo el corazón. Si Jesús hubiera tenido que confiar la iglesia a hombres y mujeres estructurados, maduros, moralmente irreprensibles, sanos interiormente de toda herida psicológica y emotividad distorsionada, desligados de cualquier ambición, vanidad, celos, habría tenido que confiar su iglesia a los ángeles, no a nosotros. Si los recién nacidos tuvieran que nacer de padres perfectos y competentes, ¿cuándo y de quién tendrían que nacer? Si dos enamorados tuvieran que elegirse y vivir juntos sólo cuando todo, ellos incluidos, esté en la perfección, ¿quién podría amar a alguien más y sobre todo cuándo? Si todas las crías de animales de la tierra tuvieran que nacer sólo si fueran ya capaces de enfrentar todo perfectamente y las condiciones ambientales fueran siempre perfectas, ¿quién podría nacer?
Jesús no confía la iglesia a unos hijos perfectos, sino encarga a la imperfecta iglesia, a la historia malsana de la iglesia, perfeccionar despacio, entre los brazos del Paráclito, a sus hijos hacia el amor sin ambición, a la compasión sin vanidad, al servicio sin sed de éxito. Jesús, con esta visión de las cosas, no justifica ni disculpa el mal provocado por la ambición humana, sino lo extiende dentro de un proceso de liberación y de salvación para todos. Para nosotros no está claro, pero para Jesús está clarísimo que nosotros no vemos nunca las cosas como son sino las vemos por como somos y, por lo tanto, todo el proceso de evolución es lograr cambiar este como somos según los procedimientos del evangelio y la luz del Espíritu. Este es un proceso lento, lentísimo a veces, pero inexorable, y es el sentido mismo de la vida. Este maravilloso proceso de cambiamiento, ofrecido a todos por la dulcísima misericordia de Dios, está ralentizado por supuesto, por los pecados del hombre, por sus ambiciones y vanidad, pero está interrumpido bruscamente y devastado por los procesos de juicio y de condena que, en este recorrido de salvación, los hombres celebran los unos contra los otros, en vez de celebrar la misericordia de Dios.