Saturday 11 September 2021

Vigésimo Cuarta semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Lucas 7,11-17

El puente

Cuando llega el tiempo de la travesía, todos los millardos de átomos y células de los cuales está formado el hombre saben que ha llegado la hora en la cual el ser espiritual, del cual están enervados, debe pasar de la dimensión de la tierra a la del cielo, debe atravesar nuevamente el puente. Entonces, los átomos y las células del cuerpo, dejando ir al ser espiritual, dejan de vibrar en la propia frecuencia individual terrena, ligada al espíritu, pero se quedan conectados a la resonancia de la vibración universal, de tal modo que la energía celular del cuerpo se redistribuya en los elementos de la tierra, del agua, del aire. Nadie sabe como, pero un día, para la resurrección final, esta energía y vibración individual, dispersa en el universo, será nuevamente llamada y reunida al ser espiritual, al espíritu del cual hacía parte.
El puente permite al ser espiritual la travesía de la dimensión terrestre a la dimensión celestial de la luz sin fin. Los hombres llaman a este momento muerte, pero en realidad no es otra cosa que atravesar un puente, el puente del cual nadie puede regresar con las propias fuerzas, el puente de la travesía. Es el mismo puente que cada hijo de Dios atraviesa en el instante en el cual su ser espiritual, de la dimensión celestial, se arroja sobre el cigoto, en el vientre materno, e inicia a formar parte de las vibraciones y de las resonancias en este universo, en esta tierra. Los hombres llaman a este momento nacimiento, pero en realidad no es otra cosa que la travesía del puente. Al puente de la travesía, los hombres dan dos nombres con significado opuesto, nacimiento y muerte, pero en realidad es el mismo puente de la travesía que permite la ida y el regreso entre la dimensión del cielo y la de la tierra, más bien, sería más correcto decir, entre la vibración celestial y la vibración terrenal. Nacer y morir, por lo tanto, es simple y espléndidamente atravesar un puente desde la vibración celestial hacia la terrenal y viceversa.
Los textos revelados de la Biblia nos ofrecen, medidos pero interesantes particulares, informaciones y leyes del funcionamiento del puente, cuyo atravesamiento permanece un momento entre los más delicados de toda la existencia humana.
- El puente, de una dimensión a la otra, se puede atravesar sólo una vez y nunca sólo con las fuerzas humanas. El hombre no puede atravesar del cielo a la tierra y de la tierra al cielo sin la potencia y la voluntad creadora de Dios.
- Una vez atravesado el puente para subir nuevamente al cielo después de la vida terrenal, nadie puede atravesarlo de nuevo y regresar a la tierra: se cierra definitivamente para todos. En la Biblia están narrados algunos casos en los cuales el puente de la travesía hacia la dimensión celestial no ha sido usado. Recordamos a Elías, el profeta, y a la madre de Jesús, María Santísima.
- El puente, por su naturaleza, es simplemente un pasaje obligatorio para atravesar las dimensiones y cambiar vibración y resonancia, no tiene en sí jamás nada de violento o cruento.
- Dios hizo que quien sea que atraviese el puente, hacia la dimensión terrestre, vibre y resuene de vida y de luz divina, en esta tierra, de manera del todo única e irrepetible, en el cuerpo y en el espíritu. Cada átomo de nuestro cuerpo vibra con una frecuencia propia e identificadora y está en resonancia con la unicidad, la nobleza, la majestuosidad irrepetible de nuestro espíritu, de nuestro ser espiritual. Al mismo tiempo, cada átomo de nuestra persona, vibra y está en resonancia con las vibraciones de la vida de todo el universo.
- Según los textos bíblicos no existe, en la manera más absoluta, ningún tipo de reencarnación, de re-atravesamiento múltiple del puente. La reencarnación prevé que, para la propia purificación, el ser y la esencia espiritual de un hombre puedan reatravesar el puente innumerables veces y reencarnarse en las más diversas formas orgánicas, humanas o animales, pero sin una vibración y una resonancia personal e individual. El puente se atraviesa una sola vez, sea para descender en la tierra, sea para subir al cielo. La experiencia muestra como nadie puede regresar después de haber atravesado el puente de la muerte y la Biblia confirma esta imposibilidad del hombre de reatravesar el puente de la muerte. Hay sólo una manera de hacerlo, la resurrección, y no es un pasaje posible para las fuerzas humanas. La resurrección, cuando Dios la hace posible, hace reatravesar el puente a un ser espiritual en la vibración y resonancia individual corporal y terrenal precedente. Según los textos bíblicos, el ser espiritual del hombre y su forma física son un todo imprescindible e inseparable. En la Biblia se habla claramente de la resurrección de la carne, naturalmente en modalidad y formas que no podemos ahora ni siquiera imaginar. Esto ilumina la dimensión del cuerpo y de la carne de una luz maravillosa e inaudita: nosotros no tenemos sólo un cuerpo, sino somos un cuerpo, somos nuestro cuerpo, que nos representa y nos identifica, y hace parte de nuestra unicidad y nobleza celestial.
Ahora, puede ciertamente suceder que la modalidad, la manera en la cual se llega al puente que los hombres llaman morir o nacer, pueda ser, por diversos motivos y situaciones, muy doloroso, cruento, pavoroso, violento y terrible. Por esto los hombres se han habituado a definir el puente, entre la vida terrenal y aquella celestial, como muerte, rodeando este evento de terror, miedo, desesperación, angustia, pero en verdad es el morir, el morir mal, antes de tiempo, en modo violento e improviso que nos asusta. Es el fruto de un engaño terrible identificar el puente con el morir o el vivir: este error implica considerar el puente como una desgracia y un maleficio, una maldición.
Antes de la elección primordial de Adán y Eva en el Eden, elección de organizarse la vida sin Dios y tocar el árbol de lo vital y lo mortal, el puente no existía, no servía. El hombre nacía y vivía, en la vibración y en la resonancia divina y celestial, sin mutaciones y sin interrupciones, en total paz y unidad. El puente, sea para nacer en la tierra que para regresar al cielo, se hizo necesario cuando el hombre, separándose de Dios, ha expresado la voluntad de tener un mundo propio, una vibración propia para vivir y realizarse, el universo precisamente, como nosotros lo conocemos. Esto ha sucedido bajo el engaño y por la envidia del Diablo. El puente es el fruto de una elección, es símbolo de un desapego pero, por amor y gentileza de Dios, no ha tenido nunca las connotaciones de maldad, terror, angustia que en el tiempo, por ignorancia, ha ganado espacio en la mente de la gente.
Este engaño es terrible porque acostumbra a los hombres a combatir toda la vida para eliminar y alejar el puente, no para el eliminar el vivir mal y el morir mal. Es este el engaño que empuja a los hombres a buscar la inmortalidad terrenal, a borrar y a exorcizar en todas las formas el puente, sin convoyar todas las energías y la inteligencia para vivir en armonía y para morir en paz. El hombre debe aprender a aplicarse para vencer el vivir mal y el morir mal, no para combatir el puente de la travesía. Si un hombre llega al puente de la travesía, después de un centenar de años de vida terrenal sana, plena, bella, en paz, y llega saciado de días, sereno y feliz, en una tarde al ocaso, bajo un roble plantado el día de su nacimiento, bebiendo a sorbos su té preferido, ¿a quién puede provocar miedo, terror, angustia, llanto una travesía de este tipo para el regreso a casa? Probablemente no es como el puente vivido por un millón de hombres derretidos por el calor de una explosión nuclear o masacrados en las trincheras o torturados en los campos de exterminio, y ni siquiera como el puente de quien cada tres segundos muere de hambre, y cada ocho muere por haber bebido agua contaminada.
Oscurecidos por este engaño, los hombres han concentrado toda su atención en tratar de vencer la muerte, de combatir contra el puente de la travesía, creando para este fin, con todas sus fuerzas, mitologías, filosofías espirituales, magias de todo tipo. Este engaño ha creado, desde el inicio, incluso en las primeras comunidades cristianas, la necesidad de afirmar y repetir continuamente que Jesús había vencido la muerte y es Dios porque ha vencido la muerte, casi como si Jesús hubiera tenido que luchar hasta el cansancio contra ella para vencerla. ¿Quizás que el Señor, el Señor de todos los puentes y de todas las dimensiones, tiene que luchar y combatir para atravesar el puente cuando y como quiere o debe luchar y combatir para hacerlo atravesar a quien quiere, como y cuando él quiere? Es el caso de Lázaro el amigo, resucitado por Jesús después de cuatro días de sepulcro. ¿Qué podían hacer los átomos en descomposición de Lázaro, más que reactivarse en su vibración vital, para ponerse en resonancia divina con aquella voz y atravesar de nuevo el puente hacia la vida? Es el caso del hijo único de madre viuda, que Jesús encuentra en la ciudad de Nain, al cual Jesús hace atravesar de nuevo el puente. El Hijo de Dios, el Señor de la Vida y de toda dimensión visible e invisible, aquel que tiene las llaves del puente y de todo puente, con una sola palabra, sólo rozando con la mano el ataúd del muerto, devuelve a la madre el hijo vivo. No hay fatiga, presión, agitación, lucha, sólo infinita y dulcísima compasión por nuestro mal vivir y mal morir, aturdidos como estamos por el miedo y por la ignorancia. Jesús le devuelve a la madre exactamente a su hijo, con su cuerpo, con sus ojos oscuros y nobles, con su sonrisa única, con sus cicatrices en las rodillas, no devuelve una forma orgánica reencarnada en una versión energéticamente parecida.
Nuestra identidad, nuestra unicidad e irrepetibilidad está en la majestuosidad del acto creativo mismo de Dios. Rozando aquel ataúd, Jesús nos muestra simplemente, en toda naturaleza y tranquilidad, quién es Él y como todo y cada cosa obedece a la vibración divina y creadora de su caricia y de su Palabra. He aquí porqué Jesús, después del morir cruento y satánico en cruz al cual lo hemos obligado, vuelve a atravesar, sin fatiga y sin lucha, el puente, resurge a la vida terrenal, en total paz y tranquilidad, para presentarse nuevamente vivo y viviente, feliz y radioso a sus discípulos y al mundo.
Jesús no ha descendido de su cielo para mostrarnos que él es capaz de vencer la muerte, toda muerte, también nuestra muerte, y es capaz de devolvernos a la vida: esto tendría que ser claro y previsible desde el instante en el cual creemos que él es Dios, es el Señor. Él no ha descendido del cielo para que nos quedemos por millares de años atascados y concentrados en el hecho que él ha vencido la muerte, tanto que olvidemos casi completamente que el evangelio no contiene las fórmulas mágicas para vencer la muerte, sino los procedimientos divinos para vencer el vivir mal, el vivir sin amor, sin Dios.  Jesús ha descendido del cielo para donarnos el Espíritu Paráclito y las Bienaventuranzas para vencer el vivir mal, el morir mal. Jesús ha descendido del cielo para testimoniar y revelar a la humanidad que existe la posibilidad de vivir felices, de manera luminosa, grata, en la compartición y en la paz, en la gratuidad y en el perdón recíproco, en la salud y en armonía (Juan 5, 11). Este vivir según el evangelio  borra de la tierra el vivir indigno en la miseria, en la sumisión, en el miedo, en el hambre, en la sed, y borra el morir atroz y violento de la guerra, de la violencia, del atropello, de la enfermedad, del abuso, de la injusticia. Esto es vencer la muerte.
Es evidente que vivir la vida en la luz y en el amor de Dios no sólo conduce al puente hacia el cielo, de manera serena y gozosa, sino que nos abre inmediatamente las puertas a la vida sin fin, en la luz de la casa de Dios.