Martes 24 Noviembre 2020

Trigésima cuarta semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Lucas 21,5-11

Piedra sobre piedra

De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido. Cuando Jesús dice estas palabras está delante del templo de Jerusalén. El templo de Jerusalén es el corazón de la vida religiosa y social del pueblo hebreo, representa el punto de contacto entre Dios y el hombre y entre el hombre y Dios. En la vida de este planeta todo, absolutamente todo está determinado por la idea, por la visión, por la percepción, por el conocimiento que el hombre tiene de Dios. En el diseño de Dios, el Templo debía ascender a esta extraordinaria función: ayudar el hombre a crecer de manera amante y agradecida en la conciencia y en la visión de Dios. Cada piedra del Templo es la forma cristalizada de un pedazo de historia del pueblo con Dios, historia de fidelidad y traiciones, de montañas de leyes y normas, de oraciones, exvotos, sacrificios sin número de animales, juramentos, celebraciones. En cada piedra del Templo están encerrados los gritos de alegría y las lágrimas de gratitud por cada niño que Dios ha donado al pueblo, los cantos de alegría y de bendición por la generosidad de las cosechas, la turgente plenitud del amor humano que pide unión delante de Dios. En las piedras del Templo están reunidos los aromas del incienso, el silencio adorante y amante del pueblo, los procesos de los ricos en contra de los pobres, las rociadas de sangre de las lapidaciones, las costumbres y las tradiciones humanas que nada tienen que ver con Dios y su nombre. Las piedras del Templo están preñadas de los gritos de los profetas de Dios, de los cuales antes se ha vertido violentemente la sangre y luego han sido honrados sobre los altares, de la sed de posesión y de poder de la jerarquía, del estudio a veces enamorado y a veces fanático de la Ley Sagrada, de todo partidismo religioso y sectaria hipocresía. Jesús afirma que vendrán días en los cuales el templo y todas sus piedras serán destruidas y desaparecerá todo lo que el templo ha representado por mucho, mucho tiempo. ¿Por qué? Antes que nada porque el Templo ha traicionado la propia tarea, ha olvidado la propia función, ha falseado el propio don y de esta manera ha confundido el hombre en su idea y visión de Dios, comprometiendo gravemente la seguridad de la vida, la paz interior, el bienestar social de la humanidad en toda la tierra. El Templo no ha cumplido la propia tarea y esto ha comportado un grande peligro para la humanidad,  peligro que se manifiesta en injusticias y maldades gigantescas y continuas, revoluciones y guerras, carestías, pestilencias, enfermedades, miseria, miedo, esclavitud. El Templo no ha desempeñado la propia tarea, la humanidad no ha crecido para nada en la conciencia amante y agradecida de Dios, y esto ha comportado una degeneración de la vida a todos los niveles, a nivel del ADN, a nivel anatómico, físico, fisiológico, a nivel espiritual, intelectual, creativo, a nivel social, afectivo, sexual, relacional, alimenticio, laboral. La humanidad, no creciendo en la visión y la concepción amorosa y risueña de Dios, se ha desconectado de la vida, de la naturaleza y de la energía cósmica, y se ha conectado con las cristalizaciones envenenadas e ilusorias del propio psicoego, poniendo en riesgo no sólo la propia supervivencia sino también los equilibrios de las energías físicas del planeta. El Templo debía ayudar la humanidad a alcanzar su espléndida evolución de manera gradual, pacífica, luminosa, armoniosa, pero ahora que el Templo no ha llevado a cabo la propia tarea, más bien se ha dedicado a retardar el camino de los pueblos hacia Dios y el amor, ¿cómo podrá acontecer el cambio, la evolución? Jesús revela a la humanidad que la evolución del hombre hacia la luz acontecerá, acontecerá seguramente, pero ya no de manera serena y pacífica, sino de manera peligrosa y aterradora, y el primer signo será justamente la caída del mismo Templo, y a esta evolución participarán de manera importante e invasora también las fuerzas del universo, las potencias de los cielos. Jesús revela la llegada de estos eventos pero al mismo tiempo invita sus hijos a no tener miedo, a no vivir en el miedo, sino en la luminosa conciencia que habrá evolución para el hombre, y, aun si no será gradual y pacífica, Dios mismo acompañará y protegerá sus hijos que lo aman y lo buscan con corazón sincero.