Domingo 18 Agosto 2019

Vigésimo domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Palabra del día
Evangelio de Lucas 12,49-53

Conductor

Por su funcionamiento, los circuitos eléctricos aprovechan el movimiento de las cargas eléctricas que están incluidas en la estructura atómica misma de la materia.
En práctica un material es un buen conductor de energía o menos según su estructura física.
La materia está formada por átomos y los átomos están constituidos por un núcleo y por un número variable de electrones periféricos, distribuidos en varias órbitas. Simplificando mucho, cada átomo está, de hecho, constituido como un pequeñísimo sistema solar.
El núcleo, el sol, que comprende casi completamente la masa atómica, está formado por protones y neutrones, y está cargado positivamente. Los electrones periféricos, los planetas, son de carga negativa y son de masa insignificante y en número tal para compensar exactamente la carga positiva del núcleo. Por causa de alteraciones energéticas uno o más electrones, los planetas, pueden huirse del átomo y se van. Éste es el momento en el cual el átomo, el sol, privado de algunos electrones, encuentra un nuevo equilibrio magnético y asume carga positiva: se puede hablar de átomo ionizado.
Los electrones que han preferido huir del átomo representan cargas libres negativas y constituyen las partículas elementares responsables de los fenómenos eléctricos. Son por lo tanto los electrones que se van del núcleo del átomo que permiten la transmisión de energía en un material. He aquí porque algunos materiales se dejan atravesar fácilmente por la corriente, y están definidos buenos conductores de energía, mientras otros oponen una determinada resistencia, y se llaman malos conductores. Los conductores peores se llaman también aislantes.
He aquí el fuego que Jesús ha venido a traer sobre la tierra, y he aquí porque desea tan fervorosamente que este fuego esté ya encendido. He aquí porque Jesús afirma que no ha venido a traer la paz sobre la tierra, sino la división. Ha venido a revelar que la ley física que permite a los materiales de ser buenos o malos conductores de energía responde a las leyes que aún antes de la dimensión física regulan la transmisión de energía en la dimensión espiritual y psíquica.
Paradójicamente Jesús enseña física, no metafísica.
Jesús no abre el conocimiento hacia una nueva religión, sino a las leyes cósmicas del electromagnetismo que son las mismas leyes que valen para la dimensión espiritual.
El material de la humanidad, de toda la humanidad, está constituido por innumerables átomos, que son las familias y las relaciones por las cuales están compuestos. Cada átomo está formado por un núcleo que es el padre y la madre y por  los hijos que en la ejemplificación son los electrones. El sol es el núcleo que transmite la vida, los hijos son los planetas que gravitan alrededor del núcleo en un determinado equilibrio energético. Este sistema atómico que es la familia es indispensable para la transmisión de la vida, para la educación, la protección, la cura, el crecimiento de los hijos, es uno de los dones más grandes que Dios mismo ha hecho a la humanidad. Este mismo sistema familiar tan precioso, puede hacerse el material humano más aislante e hipoenergético en la medida en la cual los hijos, los electrones, no se van porque no consiguen o no quieren salir del núcleo. Éste es el fuego ardiente que Jesús desea llevar en el corazón de los hombres.
Jesús desea confirmar a la humanidad que los hombres y las mujeres, para hacerse en nombre de Dios y del evangelio buenos conductores de energía vital y divina, podrían justamente en nombre de esta tarea divina verse en la situación de vivir fuertes presiones contrarias precisamente en su familia y crear o padecer grandes contrastes y divisiones. La propuesta del evangelio, la Feliz Vía, encamina a los hombre fuera del circuito del núcleo familiar, y sólo así pueden hacerse para la humanidad óptimos conductores de energía divina. Las personas que aun habiendo hecho elecciones importantes en la vida no consiguen desapegarse de sus cordones umbilicales, de la posesión emotiva de las relaciones familiares, se hacen material peligrosamente aislante para la humanidad. No conducen y no transmiten energía, son hipoenergéticos, se apagan, se enfrían y enfrían inevitablemente a sí mismos, la vida y la tierra.
En un mundo donde la estructura familiar, con sus vínculos afectivos, la posesión y el control, se ha hecho el material más aislante de la tierra, Jesús propone a sus hijos que aprendan a dejar con coraje el núcleo para moverse libres y energéticos en el reino de Dios. Si los electrones no se van del núcleo no lograrán ser buenos conductores de energía, de vida, de bienestar, de felicidad, de verdadera paz, de amor, de Dios.
Éste es el fuego que Jesús desea encendido lo más pronto posible en el corazón y en la inteligencia de la gente. Por supuesto que intentar realizar esta ley física y espiritual llevará a inevitables divisiones, incomprensiones, divergencias, discordias, pero la física es física y no es discutible.
Jesús sabe perfectamente que este acercamiento nuevo y revolucionario en las relaciones familiares no lleva la paz sino la guerra, no la unidad sino la división y no tiene algún miedo en afirmarlo. Pero es justamente no practicar esta ley física, no conocerla, no hacerla propia que después en realidad lleva a guerras, divisiones, fatigas y tristezas.
Despegarse del núcleo que nos ha transmitido la vida es un asunto totalmente espiritual, interior. No se desapega por rencor, o por mala tolerancia, por miedo o por fastidio. No se puede dejar el núcleo para huir del núcleo, sino por elección, por amor, porque la vida llama a hacerse material humano, óptimo conductor de energía. No basta alejarse del núcleo con el matrimonio o con unas elecciones de vida, sino es necesario cesar de ser planetas que gravitan alrededor de aquel sol, cesar definitivamente ser hijos, hijos del núcleo. Ésta es una de las razones fundamentales porque un número elevadísimo de matrimonios, que son a su vez nuevos posibles átomos de vida, siendo constituidos por hijos no salidos del núcleo originario y no por hombres y mujeres libres, tienen como solución la división, la separación y el inevitable regreso de los hijos mismos en las casas del núcleo. Nosotros somos hijos de Dios, no de nuestro núcleo transmisor, nosotros somos hijos del reino de Dios, no de nuestras familias. Para realizara este proceso no es eficaz utilizar rencor, odio, rabia, tensión, sino mucha decisión y amor por la Energía divina que podrá pasar por nosotros para el bien de la tierra y de la vida.
Si este proceso ocurre correctamente y los hijos cesan de ser hijos y se hacen hombres y mujeres buenos conductores de energía desapegándose del núcleo, la cosa magnífica que puede suceder, como en realidad ocurre en física, es que también el núcleo originario, el padre y la madre – si tienen la luz y la sabiduría interior de vivir con gratitud y gracia este evento – cambiarán equilibrio y estado energético. El núcleo originario por lo tanto se hará a su vez ya no un núcleo cerrado para retener y circundarse de electrones en forma de hijos y nietos, sino un núcleo nuevo, renovado en el equilibrio de sus energías, disponible, fresco, amable, poderoso, utilísimo a la humanidad y al reino de Dios.
Esto permitirá de manera cierta y perfecta a los hijos de realizar su tarea divina y al núcleo familiar de origen de envejecer rejuveneciendo y alegrándose para una vida plena, sana, feliz, como óptimos conductores de energía divina.