Sábado 29 Febrero 2020

Después del Miércoles de Ceniza

Palabra del día
Evangelio de Lucas 5,27-32

Gozo se come

La metànoia, la mutación interior hacia la luz y el amor, que Jesús dona al hombre, trae consigo inevitablemente gozo, gozo grande, gozo para compartir y comer juntos, porque el gozo es la verdadera comida del alma.
Los infelices, los insatisfechos comen rencor, murmuración y juicios, mastican sin parar leyes y preceptos, morales y deberes. ¿Según qué ley y constitución Jesús, el Hijo de Dios, no puede gustarse su cena de amor con Leví y sus amigos? ¿Quizás que Dios no puede sentarse a la mesa con sus hijos y comer en paz sin forzosamente distinguir entre justos y pecadores? Y, luego, ¿quién es el justo, quién el pecador, y según cuál criterio? El hecho de que el Señor de la vida nos venga a visitar en la paz y en la humildad y nos indique con amor sus procedimientos de vida, ¿quizás nos ofrece el falso derecho de ponerlo al tanto sobre como deba portarse, como deba juzgar, como deba moverse entre sus hijos, como deba juzgar? ¿En qué manera la estupidez puede extender más radicalmente su dominio, si no con el prejuicio según el cual Dios opina exactamente como nosotros sobre los asuntos de la vida, sobre el modo de juzgar a los otros y las cosas? ¿Por cuánta insatisfación y envidia debe ser envenenada la inteligencia, hasta que se prohíba a Dios gozar totalmente del renacimiento de un hijo suyo a la vida verdadera? ¿Cuál inviolable necedad y glacial mezquindad ha establecido para el hombre la imposibilidad de no estar en el gozo, cuando en realidad, en la misericordia de Dios, siente que puede renacer de sus propios errores y de sus propias faltas de amor?
En la vida o se mastica rabia y veneno, furiosamente atracados a la mesa de la arrogancia de Satanás, o se come gratitud y gozo, jovialmente sentados en humildad a la mesa del perdón de Jesús.