Martes 5 Febrero 2019

Cuarta semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Marcos 5,21-43

Mover energía

Una piedra puede quedar durante siglos sumergida en el agua del torrente sin absorber ni una sola gota de agua. Los pueblos se pueden agolpar durante millones de años alrededor de Dios, a través de las más variadas formas de religiosidad, sin absorber ni transmitir ni una sola gota de su potencia y de su amor.
Cada pequeño corazón puede absorber en un istante más energía, sabiduría, amor divinos de Dios que un pueblo entero a lo largo de una historia de milenios. Sólo lo que une permite la transmisión de la energía divina. Cuando hay división, no hay sólo división; en particular no hay transmisión de energía divina. La competición divide en jaulas sociales, quien tiene más y quien menos, quien es primero y quien es último. La vanidad, contratando consentimiento de imagen, crea opiniones y separa con las modas. El éxito ensambla aplausos y separa en pertenencias hedonísticas y de clase. El poder político decreta dependencia y constituye sujeción, repartiendo la gente en partidos e ideologías. La familia, luego, determina los vínculos y los cordones umbilicales más poderosos y crea las divisiones más profundas y primordiales al origen de todas las otras divisiones. Todo lo que separa es terrible y mortal, porque impide la circulación del amor, de la energía misma de Dios. Un grupo de familias se unen en tribu, pero se separa de las otras tribues, un pueblo se une a otros pueblos para formar una ciudad y se separa de las otras ciudades, así para las naciones encerradas en los confines de estado. La patria, la bandera, el equipo deportivo, el partido, la clase social, todos se unen para ser unidos a su propia pertenencia y así se separan de todos los otros. Así un hijo se desvive por el padre y maldice su vecino de casa, una madre está en total ansia amorosa por su hijo y en la más cósmica indiferencia por todos los otros jóvenes de su barrio. Un gobierno, para garantizar su propia seguridad nacional, llega a entablar una guerra absolutamente destructiva para otro pueblo. Los verdugos en los campos de concentración y en las prisiones torturan todo el día, como si nada, hombres, mujeres y niños, y luego por la noche cuando regresan a sus casas acarician a sus hijos y aman a sus mujeres.
Entre las miles personas agolpadas alrededor de Jesús y perfectamente aisladas entre ellas y separadas de Jesús, aquel día una sola, una sola mujer lo ha tocado con amor, se ha unido a él con amor, sin miedo, sin separación alguna y entonces y sólo entonces la energía divina que todo puede sanar ha sido desentrañada y transmitida.