Viernes 8 Febrero 2019

Cuarta semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Marcos 6,14-29

El día propicio

Satanás espera siempre el día propicio, lo espera porque él mismo lo crea con método y empeño incesante. Instiga al juicio y a la condena, tienta con celos y envidias, empuja a la separación, crea tensiones a través de la vanidad y de la competición, predispone al conflicto, hasta que llega el día propicio para destruir, matar, entregar a la muerte los hijos de Dios. No es él que mata, destruye, entrega a la muerte, pero es él que instiga el hombre a hacer todo esto. Satanás conoce a la perfección la estructura mental masculina y femenina, conoce a la perfección como usar las debilidades del hombre y de la mujer para conducirlos al abismo de su abrazo mortal.
Diferentemente de como se lee dondequiera respecto a esta historia, el texto de Génesis dice que en el parque del Edén, bajo forma de serpiente, Satanás no ha desperdiciado ni un segundo en buscar enlazar su diálogo tentador con Adán. Adán era demasiado lento para ser encaminado en sus procesos mentales, hubiera dicho no de inmediato, y no tanto por amor a Dios, sino más bien por su estructura mental donde los pensamientos a menudo están en pantuflas y el motor de sus emociones ya está parqueado al seguro. Adán es difícil de entusiasmar y de mover de su sofá de certezas, de las cosas que sabe que funcionan sin tener que cambiarlas a la fuerza. En cambio Eva es diferente. Es sensibilísima al perfume de nuevos deseos, es activa siempre, aún cuando parece reposar. El ataque tenía que ser emprendido antes en contra de Eva, porque Eva es mucho más atenta y curiosa, además nadie en el mundo tiene tanta influencia sobre Adán como ella. Satanás dialoga con Eva, no con Adán, tienta la mujer, no el hombre. Es Eva que se ha dejado seducir, es Eva que ha tomado el fruto, que se lo ha comido primero, es Eva que se lo ha dado a Adán, a aquel Adán que, por su estructura mental, sin ninguna vacilación, ha comido aquel fruto, como un bocadillo para el desayuno, aquel fruto que cambiará toda la historia del hombre.
Satanás no ha logrado doblegar a Sansón ni ha logrado engañarlo, ninguno de sus enemigos Filisteos lo ha logrado. A solas, con su arma, una quijada de asno, Sansón era más fuerte que sus ejércitos, pero ha sido suficiente una mujer, Dalila, que lo hiciera sentir enamorado, para hacerlo caer en la trampa y, en el día propicio, hacerle perder su fuerza invencible, alejarlo de Dios para anularlo y destruirlo.
Herodes era rey y gobernaba sobre todo y sobre todos, defendía y velaba sobre Juan Sumergidor, porque lo admiraba y de alguna manera lo temía por su envergadura espiritual. Pero ¿Qué ha quedado del poder de un rey, dictador e inflexible, frente al plan bien maquinado de Herodías? Ha sido suficiente un bailecito con la escenografía un poco picante y la cabeza de Juan ya estaba sobre el plato.
En el cumplir el mal la mujer no es más culpable que el varón ni viceversa; Satanás sabe pero usar muy sabiamente las características de cada uno para alcanzar su objetivo: entregar el hombre y la mujer a la muerte sin fin.
Desgraciadamente, al hombre y a la mujer, no les queda claro que no hay tentación, no hay engaño, no hay ingenua vanidad, no hay celos, no hay separación, no hay calumnia y conflicto que no tenga como último fin, en el día propicio, el entregarlos a la muerte sin fin y sin apelación.