Miércoles 16 Diciembre 2020

Tercera Semana de Adviento

Palabra del día
Evangelio de Lucas 7,19-23

¿A quién esperar?

Es el deseo que crea la realidad. Todo ha empezado por un deseo, el deseo de Dios que fuera luz, que fuera tierra, que fuera maravilla, que fuera vida.
El deseo recoge las energías, las direcciona y crea la realidad. Si deseamos con fuerza, lo que deseamos sucederá sin dudas, en cualquier caso, siempre. En el instante de la separación en el Jardín del Edén – en hebreo gan edèn -, Dios Padre en su deseo de reconciliación había ya donado a la humanidad su hijo Jesús, aunque hicieron falta tiempos y días inmensurables para que este deseo se transformara en historia en Belén.
En el instante de la separación en el gan edèn, aunque confuso y asustado, arrogante y engañado, ¿cómo podía el corazón del hombre no tener el deseo abisal de regresar al amor, a la unidad, a la belleza? Hicieron falta tiempos y días inmensurables, para que eso se transformara en historia en Belén, pero Jesús, pacificador, reconciliador, Mesías libertador, no ha sido sólo un deseo de Dios Padre, pues seguramente lo ha sido también del corazón del hombre.
Ahora, en Belén, esos deseos se han encontrado y abrazado para siempre, ahora en aquella cuna se ha cumplido la alianza eterna, ahora y para siempre en Jesús Cristo se hizo carne el deseo divino y humano de unidad y paz. Ahora, aunque aquella cuna se transformará en cruz, aunque la leche materna de María se vuelva sangre, aunque los pañales se convertirán en clavos, se ha cumplido la alianza, se ha reconstituido la unidad, la salvación cae fragorosamente como universal cascada sobre todos y sobre cadauno.
El deseo se ha hecho carne y habita entre nosotros, y nosotros hemos visto la gloria de Dios en su rostro: En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Él está aquí. Ahora es importante, es determinante seguir a Jesús y aprender a desear con todas las fuerzas la realización de lo que Él nos ha indicado e inspirado.
Está claro que si el corazón de la humanidad no reconoce en Jesús el Hijo de Dios, obligatoriamente continuará a desear de manera histérica y fanática a otros libertadores, otros mesías, otros pacificadores, otras guías y referencias, y como siempre, por la ley del deseo, el deseo se realizará seguramente, independientemente de la verdad del deseo mismo. Pero esa vez este deseo es muy peligroso, porque no sólo pertenece exclusivamente al hombre y no a Dios, sino, lo que es peor, si Jesús es el cumplimiento del deseo humano y divino de salvación, en el momento en el que el hombre sigue deseando salvadores y mesías, estos llegarán y se multiplicarán sin fin y no podrán que ser ladrones e impostores, bandoleros y destructores. Es este deseo mental que siempre crea y produce nuevas guías, ideologías, magias, dictaduras únicamente humanas e infructuosas, que determinan ulterior engaño, confusión, miedo y autodestrucción.