Jueves 24 Diciembre 2020

Ferias de Adviento

Palabra matutina
Evangelio de Lucas 1,67-79

Relato

Este himno es un relato, un relato detallado y fiel de la historia de Dios con nosotros. Obviamente no de todo aquello que el Señor realiza cada instante para su pueblo, pero al menos de aquello que el pueblo absolutamente no tiene que olvidar. 
En este himno, en síntesis, hay el paso a paso que ha conducido Dios entre nosotros y que nos conduce hacia Él. Es un relato de lo que ha sido y aún más de aquello que, en cada instante, en cada esquina de la tierra y de la historia, continúa a ser, incluso si no nos damos cuenta. La iglesia inicia su jornada de alabanza con estas palabras, porque cada día el Señor, para cada uno de sus hijos y para su pueblo, cumple aquello que se dice en este canto inspirado por el Espíritu Paráclito. 
También hoy, precisamente en este día, aunque no nos daremos cuenta, el Señor nos visitará y nos acompañará de la mano hacia la salvación. Lo hará, ya lo está haciendo. También hoy suscita e inspira para nosotros, en nuestro corazón, el nombre del Salvador poderoso, el nombre de Jesús: será un respiro, un llanto, una profunda nostalgia, un deseo de rezar o de cantar, pero él estará. No lo veremos o no lo entenderemos, pero también hoy nos salvará de nuestros enemigos y de las manos de quienes nos odian. También en este instante, su juramento y su alianza es por nosotros, pase lo que pase. Él es para nosotros siempre, todo para nosotros. Hoy, ahora, nos libera de las manos de los enemigos para que podamos estar serenos y listos para servirlo, sin temor, encaminados en su presencia, en la vía de la santidad y de la justicia. 
También en este día, gracias a la ternura y a la misericordia de nuestro Dios, Jesús, el sol que surge del alto visitará nuestra mente y nuestro corazón, y lo hará, cierto que lo hará, porque tiene que resplandecer sobre aquellos que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte y dirigir nuestros pasos hacia el camino de la paz. Así es ahora, así es en este instante y siempre, independientemente de nuestra conciencia y percepción. El amor de Dios por nosotros no está a la orden del mérito o del demérito, no practica los caminos de la conveniencia, no se sujeta a las expectativas, está y listo, está siempre, infinito, invisible y potente, pero siempre presente.
Nuestra condición espiritual de luz o de oscuridad no determina el flujo del amor divino hacia nosotros, pero determina seguramente la capacidad y la sensibilidad en nosotros de percibirlo.